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Análisis del comercio electrónico

Internet y las nuevas tecnologías se han convertido ya, a pesar de los últimos descalabros puntocom, en un objetivo económico de primer orden. Apostando por la nueva economía, las empresas tratan, por un lado, de mejorar tecnológicamente sus estructuras internas de producción y gestión para ahorrar costes e incrementar la calidad de sus video porno. Por otra parte, los principales grupos empresariales, y también las pymes, ven en el ciberespacio un nuevo ámbito donde hacer negocios y donde poder captar a un buen número de nuevos clientes.

Bajo esta idea, durante los últimos años se ha hablado y se ha discutido mucho sobre las potencialidades del comercio electrónico. A comienzos de 1999, el e-comercio aparecía como una oportunidad histórica para cualquier firma que deseara mantener e incrementar sus niveles de competitividad y de productividad; actualmente, tras la profunda crisis sufrida por numerosas iniciativas virtuales, después de la caída en barrena de los valores tecnológicos y cuando hemos observado la desaparición de sitios naija porn como eToys, boo.com o pets.com, las empresas dispuestas a trabajar en el ciberespacio, incluidas las financieras, han entrado en una etapa de análisis y de reflexión que, en muchos casos, quizás debiera de haberse emprendido con antelación para evitar, en lo posible, algunos estrepitosos fracasos como los que se han producido.

Todos los análisis coinciden en señalar que uno de los principales elementos que está lastrando la actividad comercial en la Red, es la manifiesta desconfianza que muestran los consumidores a comprar en Internet, que, en esencia, es un espacio muy abierto y poco favorable a dos principios básicos que intervienen en toda transacción comercial: la seguridad y la privacidad. En relación a este aspecto, los datos resultan drásticamente ilustrativos: ocho de cada diez consumidores no confían en el e-comercio, el 90% de los compradores considera inseguro dar sus datos personales en la Red, el 50% de los consumidores dice que no compraría en Internet aunque hallara precios más baratos que en la calle y, en general, solamente el 1,5% de los consumidores ha comprado en alguna ocasión en la red de redes. Ante esta realidad impuesta por el mercado, y teniendo en cuenta que, según la consultora especializada e-Marketer, poner en marcha una web de comercio electrónico eficaz puede costar a una empresa entre 300.000 y 2.000.000 de euros, resulta comprensible que los proyectos de e-comercio se estén congelando en algunos casos y rediseñando en otros.

Obviamente, el impulso definitivo al comercio electrónico tiene que venir de la mano del afianzamiento técnico de la seguridad en el negocio y de un cambio cultural que lleve al consumidor a entender que comprar en Internet resulta cómodo, fácil, rápido y, en muchas ocasiones, más barato que en otros mercados físicos. Para que esto ocurra, resulta urgente que la legislación se adapte definitivamente a las necesidades del norsk porno y ponga los mecanismos pertinentes para asegurar la transacción de la compra-venta virtual, para resguardar la privacidad del cliente, para otorgar una validez clara a los documentos electrónicos, para aclarar cuestiones como la de la fiscalidad de las cibertransacciones y para unificar y armonizar internacionalmente los sistemas de cifrado electrónico, indispensables para realizar operaciones mercantiles seguras en la Red.

El hecho de que el consumidor comience a perder el miedo a comprar en lnternet es una cuestión importante para el despegue definitivo del comercio electrónico, pero no es la única. Recientes estudios realizados en Estados Unidos, país donde están radicadas el 70% de las webs mundiales de e-comercio, revelan que una vez que los consumidores norteamericanos han perdido el temor a dejar sus datos en la Red, éstos siguen mostrando desconfianza a otros aspectos del comercio virtual. Concretamente, el comprador norteamericano se pregunta ahora si puede confiar en la calidad del producto que compra electrónicamente, si la empresa vendedora atenderá con presteza sus posibles reclamaciones o si la entidad que le suministra el objeto o el servicio adquirido será una organización seria y eficiente. Estas preocupaciones de los consumidores, lógicamente entendibles, solamente se pueden solventar en tanto en cuanto las empresas que se establezcan en Internet desarrollen una conducta comercial modélica, ofreciendo productos y servicios de calidad, con tiempos de envío asumibles, con una gran capacidad de interacción con el cliente (atendiendo a sus preguntas, asumiendo sus quejas, estudiando sus peticiones) y, sobre todo, transmitiendo la idea de que siempre hay alguien real y dispuesto detrás de una web cargada de productos o servicios.

Otro aspecto que interviene, y de una forma importante, en el desarrollo del comercio electrónico, es el tecnológico, que está asociado a los enganches a Internet. Hoy en día, en Europa en general, y en España en particular, el acceso a Internet sigue siendo demasiado caro, tanto en lo que hace referencia a los tiempos de navegación como al pago que se realiza a los servidores por ceder la puerta de entrada a la Red. Ciertamente, las compañías de telecomunicaciones ofertan actualmente numerosos posibilidades de entrar gratuitamente en Internet, pero siguen manteniendo unos precios elevados de conexión y, sobre todo, la calidad de estos enganches resulta, en el mejor de los casos, mediocre. Desde cualquier punto de vista, es prácticamente imposible que se desarrolle el comercio electrónico con fuerza si las líneas telefónicas no tienen suficiente capacidad para soportar los accesos a la Red de los ciudadanos, si éstos tienen que pagar demasiado por una cibernavegación casi siempre accidentada y si, además, las opciones de mayor calidad (líneas RDSI o ADSL) están muy lejos de poder ser utilizadas mayoritariamente por los consumidores.

Indudablemente, el comercio electrónico es una de los rostros principales que el intercambio mercantil tendrá en el futuro, pero para que éste llegue a implantarse de una forma mayoritaria deberá de vencer una serie de trabas, actualmente demasiado evidentes, cuya superación exige una apuesta coordinada y eficaz de instituciones, empresas, operadores de telecomunicaciones, entidades financieras y consumidores para alcanzar unos niveles de confianza y efectividad que sean válidos para todos.